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Es probable que al pensar en el croissant también pienses en Francia, pero ¿sabías que en realidad se trata de un bollo cuyo origen no es de ese país? Te descubrimos cuál es y de dónde viene.

Si te nombramos la palabra croissant es bastante probable que te venga a la mente Francia, y luego la imagen suculenta de una montaña de estos populares bollos con forma de media luna que pueden comerse solos o rellenos con distintos ingredientes, entre los que destacan cremas pasteleras, chocolate o mermeladas de frutas.

Incluso puede simplemente partirse por la mitad y untar sus mitades con mantequilla y mermelada, convirtiéndose así en un desayuno igualmente popular no solo en Francia sino también en nuestro país.

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Básicamente consiste en una especie de bollo hojaldrado que posee forma de media luna (y no forma redonda como tradicionalmente correspondería a este tipo de dulces). Se elabora habitualmente con masa de hojaldre, levadura y mantequilla.

Puede ser salado o dulce. De hecho, en las opciones dulces lo más común es añadir una especie de gelatina dulce por encima, que es la que luego le da ese aspecto brillante y reluciente tan deliciosamente característico.

¿De dónde proviene realmente el croissant?

Aunque efectivamente la palabra croissant proviene en realidad de Francia, y quiere decir ‘creciente’ en el sentido de ‘cuarto creciente lunar’ por la forma que tiene el bollo, lo cierto es que su origen no lo encontramos en Francia.

De hecho, algunas versiones remontan su nacimiento a la ciudad de Viena, concretamente al año 1683, cuando los soldados otomanos al mando del gran visir Kara Mustafá conquistó la mayoría de las regiones a orillas del Danubio y sitian Viena.

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Dado que este asedio duraba demasiado tiempo, el general turno pensó que podía entrar a la ciudad por tierra, intentándolo por debajo de ella tras excavar un túnel durante la noche. De esta manera no habría tiempo de reacción.

Fue así como el plan se puso oficialmente en marcha, pero no contaron con un gremio que siempre trabaja de noche: los panaderos. Estos, al escuchar extraños ruidos provenientes del subsuelo, dieron la voz de alarma y finalmente el ejército invasor tuvo que retirarse.

Con el fin de celebrar la victoria, los panaderos crearon una especie de bollo con forma de media luna adoptando el símbolo del Imperio Otomano, al que bautizaron con el nombre de ‘Lune Croissant’.

Esta es una versión, porque también existe otra mucho menos conocida que sitúa su origen en Austria, concretamente en un convento. Al parecer, unas monjas del mismo elaboraban unas especies de panecillos o bollos con forma de cuerno de cabra.

Y si indagamos un poco más también nos encontramos con otra leyenda en la que se sitúa el invento a manos de Franz Georg Kolschitzky, un hombre de negocios de origen polaco intalado en Viena. Según se cuenta, fue capaz de traspasar el cerco del ejército otomano con el fin de reuinirse con Carlos V de Lorena y así informarle de la situación militar.

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Luego de volver al interior de la ciudad, convenció a las autoridades de que persistieran en su resistencia. Finalmente, con la victoria de Viena, sirvió café por primera vez acompañado de unos pastelitos con forma de medialuna llamados Kipferi.

No obstante, lo que sí es cierto es que el croissant sí que llegó oficialmente a Francia a finales del siglo XVIII, desde donde luego se extendió por el resto del mundo.

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